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Tras años de estancamiento, el emblemático proyecto del Mercado del Mar ha logrado destrabar su ejecución. Esta obra es considerada vital para la renovación urbana del borde costero y el impulso turístico de la ciudad.
Puntos clave del destrabe:
- Aprobación Presupuestaria: El Consejo Regional (CORE) de Coquimbo aprobó una reevaluación de los recursos, inyectando un presupuesto adicional que eleva la inversión total a más de $15.000 millones de pesos.
- Superación de Obstáculos: El proyecto estuvo paralizado debido al aumento en los costos de construcción (post-pandemia e inflación) y a dificultades técnicas que obligaron a rediseñar ciertas áreas para cumplir con las normativas vigentes.
- Infraestructura de Vanguardia: El nuevo mercado contempla un edificio moderno de tres niveles que albergará a más de 100 locatarios. Incluirá sectores de pescaderías, artesanías, cocinerías y una terraza con vista panorámica al puerto.
- Impacto Económico: Se proyecta como el principal polo gastronómico de la región, lo que permitirá formalizar y potenciar el trabajo de los comerciantes que resultaron afectados tras el tsunami de 2015.
- Plazos: Con el financiamiento asegurado por parte del Gobierno Regional, se espera dar inicio al proceso de licitación pública para adjudicar las obras y comenzar la construcción definitiva.
Reflexión:
Desde un análisis de densidad y flujo urbano, el proyecto busca transformar un «punto ciego» del borde costero en un polo de atracción de alta intensidad. No hablamos simplemente de un edificio nuevo, sino de una intervención que ataca directamente la vacancia delictual y la percepción de inseguridad a través del diseño. Un territorio que carece de uso formal se convierte en tierra de nadie; por el contrario, la inyección de infraestructura gastronómica y comercial de alto estándar genera una «vigilancia natural» —concepto clave en urbanismo preventivo— que desplaza la actividad ilícita mediante el flujo constante de usuarios y la iluminación del espacio público.
Sin embargo, el éxito de esta iniciativa no reside solo en la obra gruesa, sino en la plusvalía social y económica que pueda retener en el tiempo. La arquitectura gastronómica debe dejar de entenderse como una mera suma de locales para pasar a ser un ecosistema de servicios. La integración de sistemas de tratamiento de residuos, logística de suministros eficiente y un diseño que respete la identidad local, son fundamentales para que el activo no se deprecie ante el uso intensivo.
Desde Inmub, vemos en este proyecto una oportunidad de oro para el reordenamiento del borde costero regional. La revitalización no es solo «limpiar» un sector; es dotarlo de una estructura técnico-comercial que garantice la tasa de retorno para los locatarios y una experiencia de ciudadana superior. Es, en esencia, transformar la geografía en patrimonio productivo.
¿Es sostenible proyectar una plusvalía urbana a largo plazo en el borde costero sin un modelo de administración privada que garantice el mantenimiento de estándares de seguridad y limpieza que el Estado suele descuidar?




